El hijo de Elvira Arellano

Su numantino encierro durante más de un año en una iglesia de Chicago,
con el que intentó sin suerte eludir una orden de deportación, convirtió a la
mexicana Elvira Arellano en una heroína para los trece millones de ilegales
que residen en los Estados Unidos.
A ese templo metodista de la capital de Illinois ha regresado hace
unos días su hijo, quien por haber nacido en territorio estadounidense y
poseer por ello la ciudadanía gringa, disfruta de la libertad de movimientos
que las autoridades de Washington negaron a su madre en 2007.
El pequeño Saúl, que al estar bajo la tutela materna se vio forzado
al exilio, dejó con su desvalida presencia un testimonio de lo caprichoso y
absurdo de una política migratoria que, además de revelarse incapaz de
contener la avalancha de sin papeles, alimenta sin atisbo de culpa un sinfín
de dramas familiares como el padecido por los Arellano.
Ante una escasa concurrencia formada por una treinta de personas
y algunas cámaras de tevé, “Saulito” se mostró tan abrumado como aquella
vez que, en 2006, acudió al Congreso de México para pedir a los
parlamentarios que intercediesen por su progenitora.
Como suele ocurrir cuando un menor protagoniza una
comparecencia pública, su aparición en Chicago tuvo inevitablemente un
algo de cosa impostada. (Más que a la timidez, la incomodidad manifiesta
del chico cabría achacarla al peso de la responsabilidad que, aunque sea
vicariamente, carga en sus espaldas este crío de nueve años).
No obstante, hasta las voces que han argüido que el niño está
siendo “utilizado” por los activistas en pro de la legalización de los
irregulares convendrán en que, al menos por unos instantes, las trémulas
palabras pronunciadas en la Iglesia de Adalberto por el hijo de Elvira
Arellano sonaron particularmente verosímiles. “Quiero ser un chico común,
pero no puedo”, dijo.
Cualquier causa, sea cuál sea la bandera que enarbola, necesita
para ganarse a la opinión pública de historias ejemplares que la encarnen.
Como sucedió en su día con el niño balsero Elián y las víctimas del
castrismo, la pelea reivindicativa de los sin papeles de los Estados Unidos
ha encontrado en la historia de Elvira y Saúl Arellano un eco poderosísimo.
Poco importa la espuma mediática que se levante a su alrededor. Al
final, ningún relato consigue develar por completo las vicisitudes de los
individuos de carne y hueso que se esconden tras aquellas otras personas
devenidas en símbolos. Sus peripecias son siempre más dolorosas y más
solitarias. Mucho más enrevesadas.
Cuando uno piensa en Saúl, le viene a la cabeza la kafkiana
situación que enfrentan en la patria de Abraham Lincoln casi dos millones
de chicos cuyos progenitores son inmigrantes ilegales. Estos chicos
disfrutan de ciertos derechos básicos como los que asisten a sus pares
norteamericanos, la educación o la salud, pero no disponen -a diferencia de
“Saulito”, un “privilegiado” al lado suyo, menuda ironía- de documentos
que prueben su identidad. Viven en un limbo jurídico.
Algún día esos chicos buscarán un empleo que les será negado por
ley. Conforme vayan cumpliendo años, la amenaza de una deportación se
volverá cada vez más acechante. Por carecer de papeles, estos parias del
siglo XXI nunca conseguirán obtener una licencia de conducir ni podrán
abrir una cuenta bancaria, nunca lograrán ingresar en la universidad…
Serán reos a perpetuidad de su destino.
Por si todo la anterior no fuese suficiente, tampoco su propio hogar
servirá de refugio para los niños sin papeles que vayan haciéndose adultos
(poco cuentan aquí el amor y las atenciones recibidas). Aunque sea por pura
lógica de supervivencia, cualquier promesa de futuro para esos críos
consistirá en afanarse por dejar atrás lo que han sido sus padres y lo que
representan.
Muchos de ellos deben estar en este preciso minuto rumiando
palabras parecidas a las de “Saulito”: Quiero ser un chico común…
Pero no es que no puedan. Simplemente no les dejan.
(Publicado en El Telégrafo).