Incolora, inodora, insípida y del grifo
Para los miembros de la pequeña comunidad de Fryeburg, en el nordeste de
Estados Unidos, no parece existir enemigo demasiado temible. Ni siquiera si el
contrincante contra el que han de lidiar es la megacompañía Nestlé, que desde
2003 mantiene en ese boscoso emplazamiento del estado de Maine una planta
embotelladora de agua mineral.
Ante el temor de que las actividades de extración acaben agotando las reservas
de la zona, los vecinos han solicitado a la justicia que fuerce a la firma suiza a
suspender el bombeo anual de 300 millones de litros. En su ruego, los
integrantes de la platafoma constituida para “salvar” el acuífero de Ward’s
Brook han esgrimido que la multinacional alimentaria más poderosa del globo,
además de esquilmar unos recursos que no le pertenecen, está arruinando el
ecosistema de unos parajes celebrados por su edénica belleza.
La todavía inconclusa querella entre los apenas tres mil lugareños de Fryeburg y
el gigante Nestlé ilustra la pujanza de un movimiento insurgente dirigido en los
Estados Unidos a desalentar el consumo de agua en botella. Más allá de agitar
la consabida bandera verde, los impulsores de esta atípica iniciativa pretenden
cargarse de razones al aludir al coste extra que entraña la comercialización en
plástico del oro azul, a la cantidad de residuos que acarrea su envasado, al
despilfarro energético que conlleva su procesamiento y a su discutible
salubridad.
“El agua embotellada es mala para los contribuyentes, es mala para el medio
ambiente y es mala para los sistemas de agua pública”, reiteran desde
Corporate Accountability International, una ONG de Boston que promueve una
exitosa campaña nacional que pide un cambio de hábitos entre los norteamericanos y
pretende, en paralelo, persuadir a los municipios para que anulen sus contratos
con las compañías proveedoras de agua embotellada (de manera que todos los
dispensadores en las dependencias públicas sean de grifo).
Oculta tras la moda antibotella, que ha prosperado con la misma facilidad con la
que cundió antes una moda probotella que en los USA quintuplicó en una
década el consumo pér capita de este producto emblema de la vida sana, se
esconde una discusión de mayor alcance. La controversia acerca de si un
artículo imprescindible, al cual no tienen acceso 1.100 millones de personas en
los cinco continentes, puede quedar librado a la avidez de las corporaciones.
El debate acerca de la privatización o no del agua, que es un pingüe negocio que
también abarca su suministro a través de las tuberías, lleva coleando desde
hace décadas, con dos partidos enzarzados en una tenaz disputa.
Mientras que los impulsores de la filosofía privatizadora afirman que la escasez
del líquido vital que asola al planeta -lo que Naciones Unidas denomina la “crisis
mundial del agua”- se explica por la circunstancia de que ésta no haya sido
considerada un bien económico, los críticos opinan que el ímpetu privatizador no
hace sino agravar la situación de necesidad de los más desfavorecidos. Los
tirios argumentan que someter el agua a las leyes del mercado permitirá
optimizar el recurso y extender los servicios mínimos a toda la ciudadanía. Los
troyanos, por el contrario, objetan que la lógica mercantil no asegura, como
tampoco lo hace con los alimentos, su distribución equitativa.
Frente a estas disquisiciones acerca del modelo de gestión más adecuado, los
hechos se alían con aquellos consumidores que optan por la vía del ahorro,
eligiendo el agua corriente a expensas de las marcas. Según recoge el libro
Bottlemania, que disecciona una industria que, tan solo con la venta de agua en
plástico, factura en los Estados Unidos 11 billones de dólares, estudios de
contrastada solvencia prueban que la mayoría de las veces el fluído que llega
por las cañerías presenta una calidad superior al de su equivalente embotellado.
Pero la verdadera diferencia radica en el precio, como saben los moradores de
Fryeburg, quienes no quieren los botellines aunque se los regale Nestlé. Les
consta, a fin de cuentas, que el agua que mana de los grifos de sus cocinas
procede del mismo reservorio que explota la compañía.
Un agua igual de límpida, pero hasta dos mil veces más barata.
Publicado en El Telégrafo.