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Un país entre rejas

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on July 28th, 2008

Una cuarta parte de la población reclusa mundial (2,3 millones de personas) pena sus
culpas en una prisión estadounidense. De hecho, uno de cada cien ciudadanos en la patria
de George Washington está en la cárcel. Entre la comunidad negra, las estadísticas
resultan todavía más sangrantes: uno de cada nueve “afroamericanos” pasa sus días a la
sombra.
El rigor con el que se aplica la ley en sus dominios ha permitido a la potencia
norteamericana encaramarse hasta el primer puesto en el ranking de las naciones
especialistas, según la expresión utilizada por The New York Times, en la “producción de
prisioneros”. (Solo China, con cuatro veces más habitantes, se sitúa “cerca” del récord
norteamericano, gracias a sus 1,6 millones de reos).
Pero no es solo el celo legalista y la jurisprudencia de mano dura lo que explicaría la
“excepcionalidad” yankee. Como señalaba el rotativo neoyorkino en un exhaustivo informe
publicado hace unos meses, existen otros factores decisivos implicados en el asunto.
Entre ellos, los altos niveles de violencia que se registran en el país que hizo de la sangre y
los disparos un género cinematográfico; la severidad de las condenas; “el particular fervor
en la lucha contra las drogas ilegales”; el “temperamento nacional”, o -significativamente- la
falta de una red asistencial pública que brinde sostén a quienes se encuentran en una
situación de carencia o marginalidad (como sería el caso de buena parte del colectivo de
negros; de ahí lo extraordinario de las cifras de delincuencia dentro de esa minoría).
“Cualquiera sea la razón, la brecha entre la justicia estadounidense y la del resto del
mundo es enorme y continúa creciendo”, concluía The New York Times en un artículo
firmado por Adam Liptak.
Lo doblemente llamativo es que no siempre las prisiones en el gigante del Norte habrían
estado tan concurridas. Cotejando los datos, se advierte que las “tasas de encarcelación”
(751 presos por cada 100.000 habitantes) se han disparado en las últimas tres décadas.
Así, entre 1920 y 1975, el número de presos rondaba los 110 por cada cien mil personas.
Una proporción similar a la que en la actualidad contabilizan estados más benévolos, como
Inglaterra (151) o Japón (63).
A decir de los estudiosos, lo que de verdad hace la diferencia es el hecho de que los
tribunales estadounidenses dicten, por lo común, penas de cárcel por delitos que rara vez
suponen la reclusión en los juzgados de Europa. Como por ejemplo, tratar de colar cheques
falsos o consumir drogas blandas.
“Esto no quiere decir que nadie merece ser encarcelado o que tenemos que liberar a todo
aquel que esté recluído”, ha escrito Jennifer Gonnerman en el último número de la
influyente revista Mother Jones. “Hay mucha gente tras barrotes que uno no querría tener
por vecinos, pero en nuestra hambre de justicia hemos perdido la perspectiva”.
En opinión de Gonnerman, una periodista que lleva un lustro escribiendo sobre las
consecuencias “sociales” de esta política de firmeza, en Estados Unidos se imponen
“encierros de diez años como si fueran nada, como un castigo suave, cuando en el resto
del planeta diez años se consideran sentencias extraordinariamente severas”.
Haciéndose eco de la opinión de otros especialistas, Gonnerman sostiene que la
administración usamericana tiene una especial habilidad para “convertir a los ciudadanos
en convictos, pero ha olvidado cómo transformar de nuevo a los convictos en ciudadanos”,
aludiendo al déficit de iniciativas y de presupuesto para promover, entre los reclusos,
programas de reinserción.
“Nuestras celdas están llenas de mujeres y hombres que no saben leer o escribir, que no
han terminado el bachillerato y a quienes les será muy difícil encontrar un trabajo cuando
sean puestos en libertad”, ha escrito la periodista.
Como recordaba Adam Liptak en su investigación en The New York Times, hubo un tiempo
en que la calidad del sistema penitenciario estadounidense, “modélico” para autores del
siglo XIX como Alexis de Tocqueville, atraía la curiosidad extranjera. “En ningún país se
administra la justicia con más suavidad”, anotó el francés en su celebérrimo libro La
democracia en América.
Ya ven: puro anacronismo.

Publicado en El Telégrafo.

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Hispanoamericans

Posted in about ssel, hispanics by ssel on July 16th, 2008

Hoy estreno blog en la edición web de El Telégrafo: Hispanoamericans.

Su foco debería ser claro si es claro el subtítulo.

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El ‘Senador No’

Posted in about ssel, el telégrafo, green card by ssel on July 14th, 2008

Los aspirantes a ocupar el sillón principal en el sanedrín republicano, vacante
tras la muerte hace una semana del ex senador Jesse Helms, van a tener que
aplicarse a fondo para estar a la altura de un político rocoso e intransigente
cuyos méritos resumió The New York Times señalando que muy pocos entre los
congresistas de Estados Unidos “habían hecho tanto para resistir la marea del
progreso”.
Conocido por el nulo miramiento con el que expresaba sus abrasivas opiniones,
el llamado “faro” del partido conservador yankee hizo gala durante las tres
décadas que ocupó un escaño en el Capitolio de Washington de una notable
animosidad en su cruzada “por la decencia y la pureza espiritual” de un país
particularmente generoso en personajes dogmáticos.
“Nada positivo les sucedió a Sodoma y Gomorra, por lo que es poco probable
que algo bueno le ocurra a Estados Unidos si sostiene el estilo de vida
homosexual”, argumentaba Helms en los años más oscuros de la irrupción del
sida, para expresar su rechazo a que el gobierno dedicase el dinero de los
contribuyentes a la investigación de una vacuna contra la epidemia.
Unas décadas antes, refiriéndose la Civil Rights Act que puso fin a la
segregación racial, el que fuera el gran valedor de Ronald Reagan en su
postulación hacia la Casa Blanca comentó que la histórica ley constituía “la
pieza de legislación más peligrosa” sancionada por el congreso estadounidense
desde su fundación.
Helms nació en 1921 en la pequeña localidad de Monroe (Carolina del Norte),
donde su padre ocupaba la jefatura de la policía local. Campechano y de humor
expansivo, pertenecía a una camada de norteamericanos cuya infancia arruinó
la Gran Depresión de 1929 y para quienes la existencia representaba “una lucha
constante”.
Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, este ferviente partidario del rezo
en las escuelas y reconocido lobbysta de la industria tabaquera, firme opositor
al control de armas, inició su trayectoria pública como editor periodístico.
Enseguida sus polémicos editoriales le granjearon notoriedad, llegando a ser
divulgados por 200 diarios y 70 emisoras radiales a lo largo del país.
En ellos, el hombre que terminaría siendo bautizado como ‘Senador No’ por su
habilidad para hacer política a la contra, atacaba a los hippies, los sindicatos,
los promotores del estado del bienestar, los intelectuales y, con especial acritud,
al por entonces pujante movimiento de los derechos civiles.
Su ingreso en las instituciones se produjo en 1972, al ganar fuera de pronóstico
el cargo de senador que, por más de un siglo, Carolina del Norte había confiado
a los demócratas. En su reconversión a la política profesional, Helms se
descubrió como un líder especialmente habilidoso para recaudar donaciones, lo
que le permitió convertirse en un factótum dentro del no siempre bien avenido
clan conservador. Ello, como le gustaba recordar, sin menoscabo de su
trabajada reputación de independiente.
“No vine a Washington para ser un hombre que dice sí a los presidentes, sean
demócratas o republicanos, ni tampoco para ganar una competencia de
popularidad”, alardeaba el antiguo periodista, al que se ha caracterizado como
“un dolor” para los sucesivos presidentes, que invariablemente encontraron en
él un escollo para sus proyectos legislativos.
Cultivador de una retórica populista que asociaba las “penurias” sufridas por la
clase trabajadora con los beneficios concedidos a las minorías, durante los
noventa Helms encabezó en el Senado la influyente comisión de Relaciones
Exteriores. Allí renovó sus votos de en favor de la diplomacia dura, mostrándose
proclive a mantener a los Estados Unidos fuera de cualquier organización
multilateral que, como Naciones Unidas, pudiera restarle músculo a la potencia
del Norte.
Aunque no resulta sencillo congraciarse con el carismático senador por Carolina
del Norte, un consumado enemigo de las alzas impositivas y celoso guardián de
la libertad omnímoda de las empresas, algunos detalles lo humanizan. En 1963,
tras casi un cuarto de siglo de matrimonio, el político y su mujer leyeron en el
periódico la historia de un chico discapacitado que declaraba su “sueño” de
encontrar una familia antes de Navidad.
Lo pudo cumplir en el hogar de los Helms, que decidieron adoptarlo.

Publicado en El Telégrafo.

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Netflix

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on July 7th, 2008

Hace más de un siglo, un empleado de ferrocarril de Minnesota tuvo la ocurrencia de
utilizar el servicio postal para vender a los granjeros de las comarcas más remotas de
Estados Unidos aquellos artículos imposibles de encontrar en las, por entonces,
desabastecidas depensas locales.
Con el correr de los años, la feliz idea de Richard Sears dio origen al próspero negocio de
la venta directa por correo y favoreció, en el interín, el nacimiento de una de las empresas
norteamericanas señeras durante la primera mitad del siglo XX, la Sears, Roebuck and
Company.
Valiéndose de la difusión de unos catálogos ahora legendarios, que ya en 1895
encuadernaban hasta 500 páginas, la firma de Illinois se convirtió en la opción predilecta
entre la clase trabajadora del país de Henry Ford, que lo mismo recurría a Sears para
adquirir un vestido de boda que unos aperos de labranza o una vajilla.
Pero tanto como el amplio surtido de artículos que ofertaba, en el éxito de esta empresa
pionera, que hoy cuenta con almacenes en toda la geografía yankee, pesó la reputación
de “probidad” que supo granjearse al hacer prevalecer los intereses del comprador por
encima de los corporativos. En sus años de apogeo, figuraba como política distintiva de la
casa el remitir siempre los productos anticipadamente y gratis, condicionando su cobro a
la entera satisfacción del cliente.
Ponerle las cosas fáciles a los compradores y tener fama de cumplidor conforma una
regla de oro en el breviario de bolsillo de los hombres de negocios de Estados Unidos. En
ningún otro lugar del planeta quien hace un desembolso es tan soberano como en un país
devenido en potencia mundial gracias al músculo de cíclope desarrollado a través del
voraz consumo doméstico, donde el shopping constituye un modo de vida y la salsa que
liga los demás ingredientes en la receta de la felicidad de los nativos.
El respeto a esta máxima le ha otorgado excelentes dividendos a una de las compañías
más de moda hoy en el hipercompetido mercado USA, dedicada al alquiler de películas en
dvd. Porque si una cosa distingue a la pujante Netflix, que tiene 8,2 millones de
suscriptores y que reparte entre las familias de EEUU dos millones de pelis diariamente, es
un modelo de negocio que tienta, por lo inusualmente sencillo, hasta al cliente más
puntilloso.
En el pellejo de un consumidor como el estadounidense, celoso hasta la obsesión de su
tiempo y sus energías, el modus operandi pergeñado por esta empresa fundada en 1997
solo puede calificarse de asombrosamente fácil. Todo lo que debe hacer el usuario
consiste en crear en Internet una lista con los filmes de su preferencia, que la firma
californiana le envía a su domicilio, y contratar un pago mensual fijo que comienza con
cinco dólares y que le permite recibir -en función de la tarifa plana elegida- más o menos
discos por entrega entre un surtido interminable. Hasta 100.000 títulos diferentes.
A diferencia de los videoclubes tradicionales, que imponen plazos y penalizaciones por los
retrasos, los dvds pueden retenerse indefinidamente, sin que ello acarree pagos extras. La
devolución se realiza poniendo las pelis en un sobre prefranqueado que proporciona la
propia empresa, el cual se deposita gratis en cualquier buzón de correos del territorio
nacional. Cuando Netflix recibe el sobre, envía automáticamente, en un lapso de dos días,
la siguiente película en la lista de preferencias del socio.
Como ocurrió en su momento con otras empresas innovadoras como la cadena de
cafeterías Starbucks, hacerse cliente de Netflix es una decisión que excede el mero
cálculo monetario o los típicos argumentos de conveniencia. Se trata más bien de una
decisión por la cual el consumidor se “retrata” frente a los clientes de Blockbuster, como
sucede con aquellas personas que optan por Apple frente a Microsoft, que otorga algo
parecido a un estatus y que certifica que se está “en la onda”.
Este columnista habla con sus conocidos y parecería que, más que su conformidad con el
servicio, los suscriptores de Netflix muestran algo próximo al agradecimiento o, incluso, el
fervor de fans. Una suerte de gratitud porque la compañía les ofrece, de manera ventajosa
y archifácil, lo que antes nadie les había dispensado.
Eso debe contentar en el directorio de una compañía casi tanto como una abultada cuenta
de resultados. O quizá, le gusta creer a uno en un alarde de optimismo antropológico,
debe entusiasmar aún más que las ganancias récord.

Publicado en El Telégrafo.

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Incolora, inodora, insípida y del grifo

Posted in about ssel, alteramerica, americans, ecología, environmentalism, green card by ssel on June 29th, 2008

Para los miembros de la pequeña comunidad de Fryeburg, en el nordeste de
Estados Unidos, no parece existir enemigo demasiado temible. Ni siquiera si el
contrincante contra el que han de lidiar es la megacompañía Nestlé, que desde
2003 mantiene en ese boscoso emplazamiento del estado de Maine una planta
embotelladora de agua mineral.
Ante el temor de que las actividades de extración acaben agotando las reservas
de la zona, los vecinos han solicitado a la justicia que fuerce a la firma suiza a
suspender el bombeo anual de 300 millones de litros. En su ruego, los
integrantes de la platafoma constituida para “salvar” el acuífero de Ward’s
Brook han esgrimido que la multinacional alimentaria más poderosa del globo,
además de esquilmar unos recursos que no le pertenecen, está arruinando el
ecosistema de unos parajes celebrados por su edénica belleza.
La todavía inconclusa querella entre los apenas tres mil lugareños de Fryeburg y
el gigante Nestlé ilustra la pujanza de un movimiento insurgente dirigido en los
Estados Unidos a desalentar el consumo de agua en botella. Más allá de agitar
la consabida bandera verde, los impulsores de esta atípica iniciativa pretenden
cargarse de razones al aludir al coste extra que entraña la comercialización en
plástico del oro azul, a la cantidad de residuos que acarrea su envasado, al
despilfarro energético que conlleva su procesamiento y a su discutible
salubridad.
“El agua embotellada es mala para los contribuyentes, es mala para el medio
ambiente y es mala para los sistemas de agua pública”, reiteran desde
Corporate Accountability International, una ONG de Boston que promueve una
exitosa campaña nacional que pide un cambio de hábitos entre los norteamericanos y
pretende, en paralelo, persuadir a los municipios para que anulen sus contratos
con las compañías proveedoras de agua embotellada (de manera que todos los
dispensadores en las dependencias públicas sean de grifo).
Oculta tras la moda antibotella, que ha prosperado con la misma facilidad con la
que cundió antes una moda probotella que en los USA quintuplicó en una
década el consumo pér capita de este producto emblema de la vida sana, se
esconde una discusión de mayor alcance. La controversia acerca de si un
artículo imprescindible, al cual no tienen acceso 1.100 millones de personas en
los cinco continentes, puede quedar librado a la avidez de las corporaciones.
El debate acerca de la privatización o no del agua, que es un pingüe negocio que
también abarca su suministro a través de las tuberías, lleva coleando desde
hace décadas, con dos partidos enzarzados en una tenaz disputa.
Mientras que los impulsores de la filosofía privatizadora afirman que la escasez
del líquido vital que asola al planeta -lo que Naciones Unidas denomina la “crisis
mundial del agua”- se explica por la circunstancia de que ésta no haya sido
considerada un bien económico, los críticos opinan que el ímpetu privatizador no
hace sino agravar la situación de necesidad de los más desfavorecidos. Los
tirios argumentan que someter el agua a las leyes del mercado permitirá
optimizar el recurso y extender los servicios mínimos a toda la ciudadanía. Los
troyanos, por el contrario, objetan que la lógica mercantil no asegura, como
tampoco lo hace con los alimentos, su distribución equitativa.
Frente a estas disquisiciones acerca del modelo de gestión más adecuado, los
hechos se alían con aquellos consumidores que optan por la vía del ahorro,
eligiendo el agua corriente a expensas de las marcas. Según recoge el libro
Bottlemania, que disecciona una industria que, tan solo con la venta de agua en
plástico, factura en los Estados Unidos 11 billones de dólares, estudios de
contrastada solvencia prueban que la mayoría de las veces el fluído que llega
por las cañerías presenta una calidad superior al de su equivalente embotellado.
Pero la verdadera diferencia radica en el precio, como saben los moradores de
Fryeburg, quienes no quieren los botellines aunque se los regale Nestlé. Les
consta, a fin de cuentas, que el agua que mana de los grifos de sus cocinas
procede del mismo reservorio que explota la compañía.
Un agua igual de límpida, pero hasta dos mil veces más barata.

Publicado en El Telégrafo.

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La utopía de Internet

Posted in about ssel, el telégrafo, green card, internet by ssel on June 22nd, 2008

Por muy definitivas que hayan sido las desilusiones que nos ha deparado la Historia,
ninguna crisis ha conseguido quebrar la querencia humana a creer en las utopías.
Si hace algunas décadas hubo quienes vieron en la ecología el anuncio un tiempo de
redención, últimamente los heraldos de la esperanza han redibujado su atlas para resituar
esa tierra promisoria, o una variante más light, en el vertiginoso orbe de Internet.
Miradas las cosas con perspectiva, pocos programas salvíficos han prometido tanto como
la Web 2.0. Al menos en el orden del conocimiento (que es, para los entusiastas de los
bits, como lo fue para los escolásticos, el auténtico humus de la libertad).
En sus sucesivas encarnaciones, Internet ha aspirado a erigir una democracia horizontal
flechada hacia la participación constante y la recreación solidaria de la verdad, donde las
elecciones deberían ser más que nunca. (Todo ello sin censuras, al menos de entrada, y
sin más filtros que la propia tecnología).
Se podrá atender a esta visión con reserva, objetar que excluye a los millones de personas
que no pertenecen a las clases digitales, pero resultaría demasiado voluntarista negar los
avances del universo etéreo de la world wide web.
Basta con rebobinar la película para convencerse de que nunca había sido tan sencillo
tomar la iniciativa para el hombre común. De eso se jactan, hasta la complaciencia, los
nuevos libertos que se comunican vía chat sin necesidad de franquear fronteras o pedir
permisos; que compran y venden en línea sin recurrir a intermediarios comerciales; esa
generación interconectada que difunde sus propias noticias y opiniones sin esperar a que
éstas pasen por el cedazo de los mass media.
Quizá porque no podía ocurrir de otro modo, el momento álgido en la extensión del credo
cibernauta ha coincidido en Estados Unidos con la multiplicación de los reparos al
evangelio de los Gates y cía.
Aunque solo sea porque la tecnofobia constituye un acto reflejo, Internet siempre ha
tenido sus críticos. Lo extraordinario es que las objeciones se concentren ahora en rebatir
el mismo corazón del naciente utopismo. A saber: la especie de que lo virtual, al promover
la participación y una difusión no fiscalizada de las informaciones, estaría alumbrando una
versión inédita de ciudadanía.
En los últimos dos años, un par de libros con títulos elocuentes, El culto al aficionado y
Contra la máquina, han delineado con buen trazo el revés “siniestro” de la Web 2.0. En el
primero, el escritor inglés Andrew Keen argumenta que Internet, lejos de favorecer el
conocimiento, estaría propiciando la mera circulación de “observaciones superficiales”
(más tras la eclosión de los blogs).
En Contra la máquina, el crítico cultural neoyorkino Lee Siegel señala que la Red, antes
que liberar a sus usuarios, lo que hace es mantenerlos cautivos; bien identificados en sus
preferencias y gustos, de forma que sea más sencillo convertirlos luego en targets
publicitarios.
A esa corriente se ha sumado estos días Nicholas Carr desde la influyente revista
estadounidense The Atlantic, para describir las contraindicaciones que entraña el uso
intensivo de las tecnologías en los quehaceres intelectuales y el comportamiento
compulsivo que genera el abuso del mail y el messenger.
“Antes era un submarinista en el mar de las palabras”, dice Carr, quien reconoce haber
pasado buena parte de la última década on line, restando más y más tiempo a la lectura
de fuentes alternativas como los libros. “Ahora me deslizo por su superficie como un
esquiador acuático”.
“Los medios no son cauces pasivos de información”, escribe este antiguo editor de la
Harvard Business Review en un artículo titulado “¿Nos está haciendo Google más
estúpidos?”. “Ellos suministran la materia prima para el pensamiento, pero también
moldean el proceso de pensar”, razona. “Lo que parece que está haciendo la Red es
achicar mi capacidad de concentración y contemplación”.
Lo sorprendente sería que, además de arruinar nuestra capacidad de atención, el sueño
libertario de Internet acabase ahogando además la propensión humana a confiarse en las
utopías. Aunque muy probablemente, para esa pulsión, como dice el poeta sobre el
optimismo, no exista vacuna.

Publicado en El Telégrafo.

El sheriff más duro de América

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card, hispanics, washington by ssel on June 15th, 2008

Los furgones policiales para el transporte de detenidos en el condado de
Maricopa, en Arizona, llevan pintado en su carrocería un ruego para que
los ciudadanos denuncien, entre sus vecinos, a los inmigrantes sin papeles.
La llamada está escrita en un cuerpo de letra tan grande que parece del
todo improbable el pasar junto a uno de esos vehículos y no apercibirse del
mensaje. “No entres ilegalmente”, se lee en una leyenda impresa encima de
una reproducción de la clásica señal de stop.
Invitar a la delación de los irregulares de una manera tan vistosa
constituye una más entre las muchas ocurrencias del sheriff local, Joe
Arpaio, quien es conocido en Estados Unidos tanto por sus prácticas
“imaginativas” (obligar, por ejemplo, a los reclusos a vestir ropa interior
rosa; a modo de escarnio) como por su insobornable celo a la hora de
forzar el cumplimiento de la ley. Más en concreto, la migratoria.
Del ingenio de este hijo de italianos, como de la inquina con la que persigue
a los ilegales, habla la curiosa interpretación que Arpaio, conocido como
“el sheriff más duro de América”, hace de la legislación que pena el tráfico
de personas. La norma le vale al jefe policial, de cuya jurisdicción depende
un amplio territorio que limita con la frontera mexicana, como un
subterfugio para acusar a los espaldas mojadas de traficar con ellos
mismos.
Como contó recientemente un reportaje de la red de emisoras públicas
NPR que retrataba a este funcionario convertido en toda una celebridad en
su país, en su “caza al inmigrante” Arpaio acostumbra a ir más lejos que
sus colegas. Mientras que en los distritos vecinos, por poner otro ejemplo,
existe una directiva que establece que a los presos no se les debe preguntar
por su ciudadanía o su número de seguridad social, en los dominios del
sheriff de Maricopa esos datos proporcionan, por el contrario, un
efectivísimo recurso para “identificar” a quienes carecen de un permiso de
residencia.
Al igual que suele ocurrir con la mayoría de asuntos que dividen
agriamente a la opinión pública, como la tenencia de armas o el aborto, el
debate entorno a la inmigración se presta a un planteamiento maniqueo.
En vez de atacar el fondo del asunto, los debatientes, ya sean autoridades o
grupos de presión, se entretienen señalando con el dedo a los buenos y a
los malos. Hacerlo supone una estrategia más efectista; a la que se puede
sacar mucho rédito sin comprometerse.
Las maneras y la chulería de Joe Arpaio, que se ufana de no permitir el uso
del español en sus oficinas argumentando que en Estados Unidos sólo se
habla inglés, lo convierten en un personaje con todas las opciones de
triunfar en el casting para elegir al malo de la película. Pero frente a la
hipocresía general, la figura nefasta de este sheriff que ha sido objeto de
varios documentales y libros, tiene la “virtud” de hacer visible lo errada e
inconsistente que se revela la política migratoria de Washington.
La actuación del sheriff, que para más inri ocupa un cargo al que se accede
por votación popular, está amparada por la ley. Sus abusos, por más
excesivos que se antojen, son posibles porque el sistema normativo y la
justicia estadounidenses los toleran.
En algún momento Estados Unidos deberá plantearse seriamente si, como
pretenden hacer creer los grupos de defensa de los derechos humanos que
ponen en la picota a Arpaio, a la nación le preocupa la cruda circunstancia
que padecen los 13 millones de inmigrantes indocumentados que residen
dentro de sus porosas fronteras.
Esto último lo quisiera poder escribir uno a modo de pronóstico. Aunque
viendo la deriva que está tomando la política de migraciones yankee, que
cada vez empuja un poco más a los extranjeros hacia la economía
subterránea; después de comprobar la forma como cierta prensa y algunos
candidatos republicanos han demonizado a los inmigrantes durante la
campaña para la presidencia, uno ha de reconocer que antes que una
proyección lo anterior es, en realidad, una simple expresión de deseo.

Publicado en El Telégrafo.

La segunda oportunidad de Obama

Posted in US Elections 2008, about ssel, el telégrafo, green card, washington by ssel on June 9th, 2008

“Al comienzo de la interminable campaña presidencial estadounidense, cuando su vertiginoso ascenso generaba entre propios y extraños tantas adhesiones como perplejidades, Barack Obama componía un personaje escurridizo de cuyo éxito nadie era capaz de develar las razones definitivas. Casi un año después, el ahora ya único aspirante demócrata para los comicios de noviembre asoma como una figura un tanto desdibujada que, aunque conserva todavía un extraño don para seducir sin apenas proponérselo, poco a poco se asemeja menos a ese líder que parecía destinado a renovar radicalmente los usos de la política de Washington”.

La segunda oportunidad de Obama, en El Telégrafo.

 

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Crónicas bostonianas (VII)

Posted in about ssel, boston by ssel on June 5th, 2008
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Walden Pond

Posted in about ssel, wandering around new england by ssel on June 2nd, 2008
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La eficiencia como combustible

Posted in about ssel, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on June 2nd, 2008
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Crónicas bostonianas (VI)

Posted in about ssel, boston, ecología, environmentalism by ssel on May 25th, 2008

Los bostonianos, en campaña para beber agua sólo del grifo.

En soitu.es.

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El movimiento de la “simplicidad voluntaria”

Posted in about ssel, americans, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on May 25th, 2008

“En un país como Estados Unidos, donde las fiestas de guardar como el Día de Acción de Gracias se celebran con rebajas en los malls, donde el aluvión de correo comercial enviado a los hogares supera los 450 millones de toneladas anuales, en el que el consumo de agua y energía duplica el de cualquier otro lugar del planeta; un país donde para llenar el depósito del coche de moda -eso sí, con combustible verde- se necesita el grano equivalente para alimentar a una persona doce meses; en ese país de excesos y despilfarros sinfín no debería sorprender que el tanteo de ‘alternativas’ derive casi siempre hacia medidas demasiado radicales”.

Por una vida simple, en El Telégrafo.

Making off (3)

Posted in about ssel, making off by ssel on May 7th, 2008

No hablar de lo que todos hablan.

Despreocuparse si no se tiene una opinión sobre los asuntos que están en boca de todo quisque.

Aspirar a la marginalidad y cultivar los intereses dispersos (aunque no demasiado).

(Aroma: Sobre el valor de los hechos).

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Dificultades para escribir de forma coherente

Posted in about ssel, nombres by ssel on May 5th, 2008

Con cosas como las que decía Josep Pla sobre el oficio de escribir se reivindica uno. Aunque no pretenda ponerse por ello a la altura del autor de El cuaderno gris, es obvio.

“Hay personas que escriben de un tirón -en todas las actividades literarias-, con una facilidad sorprendente. Y hay otras que escriben con mucha más lentitud y que, a pesar de ello, tienen serias dificultades para escribir de forma coherente.

“Yo siempre he formado parte de esta clase de personal. Escribir pausadamente -utilizando a veces pausas muy largas- es lo que yo he hecho.

“En mi caso, fumar ha consistido en encender el cigarrillo hecho por mí (liándolo yo mismo) tantas veces como el cigarrillo se ha apagado. Durante esos intervalos he procurado encontrar un adjetivo o ligar una frase. He gastado una enorme cantidad de cerillas -a las que luego he llamado llumins…”.

(La cita está tomada de una reseña del libro El artículo literario y periodístico, de José Julio Perlado, aparecida en el número de marzo de Nuestro Tiempo).

 

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El hijo de Elvira Arellano

Posted in about ssel, americans, green card, hispanics by ssel on May 5th, 2008

 

Su numantino encierro durante más de un año en una iglesia de Chicago,
con el que intentó sin suerte eludir una orden de deportación, convirtió a la
mexicana Elvira Arellano en una heroína para los trece millones de ilegales
que residen en los Estados Unidos.
A ese templo metodista de la capital de Illinois ha regresado hace
unos días su hijo, quien por haber nacido en territorio estadounidense y
poseer por ello la ciudadanía gringa, disfruta de la libertad de movimientos
que las autoridades de Washington negaron a su madre en 2007.
El pequeño Saúl, que al estar bajo la tutela materna se vio forzado
al exilio, dejó con su desvalida presencia un testimonio de lo caprichoso y
absurdo de una política migratoria que, además de revelarse incapaz de
contener la avalancha de sin papeles, alimenta sin atisbo de culpa un sinfín
de dramas familiares como el padecido por los Arellano.
Ante una escasa concurrencia formada por una treinta de personas
y algunas cámaras de tevé, “Saulito” se mostró tan abrumado como aquella
vez que, en 2006, acudió al Congreso de México para pedir a los
parlamentarios que intercediesen por su progenitora.
Como suele ocurrir cuando un menor protagoniza una
comparecencia pública, su aparición en Chicago tuvo inevitablemente un
algo de cosa impostada. (Más que a la timidez, la incomodidad manifiesta
del chico cabría achacarla al peso de la responsabilidad que, aunque sea
vicariamente, carga en sus espaldas este crío de nueve años).
No obstante, hasta las voces que han argüido que el niño está
siendo “utilizado” por los activistas en pro de la legalización de los
irregulares convendrán en que, al menos por unos instantes, las trémulas
palabras pronunciadas en la Iglesia de Adalberto por el hijo de Elvira
Arellano sonaron particularmente verosímiles. “Quiero ser un chico común,
pero no puedo”, dijo.
Cualquier causa, sea cuál sea la bandera que enarbola, necesita
para ganarse a la opinión pública de historias ejemplares que la encarnen.
Como sucedió en su día con el niño balsero Elián y las víctimas del
castrismo, la pelea reivindicativa de los sin papeles de los Estados Unidos
ha encontrado en la historia de Elvira y Saúl Arellano un eco poderosísimo.
Poco importa la espuma mediática que se levante a su alrededor. Al
final, ningún relato consigue develar por completo las vicisitudes de los
individuos de carne y hueso que se esconden tras aquellas otras personas
devenidas en símbolos. Sus peripecias son siempre más dolorosas y más
solitarias. Mucho más enrevesadas.
Cuando uno piensa en Saúl, le viene a la cabeza la kafkiana
situación que enfrentan en la patria de Abraham Lincoln casi dos millones
de chicos cuyos progenitores son inmigrantes ilegales. Estos chicos
disfrutan de ciertos derechos básicos como los que asisten a sus pares
norteamericanos, la educación o la salud, pero no disponen -a diferencia de
“Saulito”, un “privilegiado” al lado suyo, menuda ironía- de documentos
que prueben su identidad. Viven en un limbo jurídico.
Algún día esos chicos buscarán un empleo que les será negado por
ley. Conforme vayan cumpliendo años, la amenaza de una deportación se
volverá cada vez más acechante. Por carecer de papeles, estos parias del
siglo XXI nunca conseguirán obtener una licencia de conducir ni podrán
abrir una cuenta bancaria, nunca lograrán ingresar en la universidad…
Serán reos a perpetuidad de su destino.
Por si todo la anterior no fuese suficiente, tampoco su propio hogar
servirá de refugio para los niños sin papeles que vayan haciéndose adultos
(poco cuentan aquí el amor y las atenciones recibidas). Aunque sea por pura
lógica de supervivencia, cualquier promesa de futuro para esos críos
consistirá en afanarse por dejar atrás lo que han sido sus padres y lo que
representan.
Muchos de ellos deben estar en este preciso minuto rumiando
palabras parecidas a las de “Saulito”: Quiero ser un chico común…
Pero no es que no puedan. Simplemente no les dejan.

(Publicado en El Telégrafo).

De vuelta a los bosques

Posted in about ssel, books, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on April 27th, 2008

“La constatación de que cada día más niños prefieren jugar puertas adentro, que es donde disponen de enchufes a los que conectar sus ordenadores, playstations y demás cacharerría tecnológica, llevó a Richard Louv a escribir en 2005 un penetrante libro que -imponderables editoriales- se ha convertido, sin más promoción que el boca a boca, en un éxito de ventas en Estados Unidos”.

Last child in the woods, en Green Card (ahora en versión web).

 

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Ciudadano Lessig

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on April 21st, 2008

Lawrence Lessig, el primer adelantado en la conquista de las libertades civiles de los internautas, se ha empeñado en corregir la “influencia distorsiva” que el dinero tiene en la política estadounidense. Como el solito, recluta activistas entre las clases digitales.

Sexta “green card” en El Télégrafo, en página 16.

eltelegrafo6

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Depósitos llenos, estómagos vacíos

Posted in about ssel by ssel on April 14th, 2008

“La escalada de precios, que ha causado revueltas populares en lugares tan distantes como Egipto,
Bangladesh o México, está estrechamente vinculada con el trepidante boom de los denominados
biocombustibles. Con una especial incidencia en los Estados Unidos (que no conviene olvidar, continúa
siendo la principal potencia agrícola y un actor protagónico en los vaivenes del sector alimentario)”.

Quinta entrega de Green Card, en El Telégrafo.

(página 17)

eltelegrafo5

Green card

Posted in about ssel by ssel on March 17th, 2008

La idea que está detras de la columna que hoy estreno en El Telégrafo de Guayaquil es sencilla. Ofrecer cada domingo algo parecido a los clásicos ”despachos de corresponsal”. Dicho de otro modo, contar cosas desde los Estados Unidos que retratan al país de las barras estrellas y que, al mismo tiempo, puedan tener su reflejo en el escenario internacional o en la pequeña escala de la actualidad de Ecuador.

Antes que nada, necesitaba un título que “localizase” las piezas. Green card quiere dejar claro que escribo desde los Estados Unidos, pero también pretende subrayar mi condición de extranjero. El lugar desde el que escribo, la distancia que quiero tomar y la curiosidad que debería moverme. La foto es una exigencia editorial. Alguien me ha dicho que con esa gorra parezco un carpintero. Pero es mi gorra de los Red Sox y -hasta hoy- me ha traído mucha suerte.

eltelegrafo1 (en página 14)