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El magnate del viento

Posted in americans, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on August 26th, 2008

Un país entre rejas

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on July 28th, 2008

Una cuarta parte de la población reclusa mundial (2,3 millones de personas) pena sus
culpas en una prisión estadounidense. De hecho, uno de cada cien ciudadanos en la patria
de George Washington está en la cárcel. Entre la comunidad negra, las estadísticas
resultan todavía más sangrantes: uno de cada nueve “afroamericanos” pasa sus días a la
sombra.
El rigor con el que se aplica la ley en sus dominios ha permitido a la potencia
norteamericana encaramarse hasta el primer puesto en el ranking de las naciones
especialistas, según la expresión utilizada por The New York Times, en la “producción de
prisioneros”. (Solo China, con cuatro veces más habitantes, se sitúa “cerca” del récord
norteamericano, gracias a sus 1,6 millones de reos).
Pero no es solo el celo legalista y la jurisprudencia de mano dura lo que explicaría la
“excepcionalidad” yankee. Como señalaba el rotativo neoyorkino en un exhaustivo informe
publicado hace unos meses, existen otros factores decisivos implicados en el asunto.
Entre ellos, los altos niveles de violencia que se registran en el país que hizo de la sangre y
los disparos un género cinematográfico; la severidad de las condenas; “el particular fervor
en la lucha contra las drogas ilegales”; el “temperamento nacional”, o -significativamente- la
falta de una red asistencial pública que brinde sostén a quienes se encuentran en una
situación de carencia o marginalidad (como sería el caso de buena parte del colectivo de
negros; de ahí lo extraordinario de las cifras de delincuencia dentro de esa minoría).
“Cualquiera sea la razón, la brecha entre la justicia estadounidense y la del resto del
mundo es enorme y continúa creciendo”, concluía The New York Times en un artículo
firmado por Adam Liptak.
Lo doblemente llamativo es que no siempre las prisiones en el gigante del Norte habrían
estado tan concurridas. Cotejando los datos, se advierte que las “tasas de encarcelación”
(751 presos por cada 100.000 habitantes) se han disparado en las últimas tres décadas.
Así, entre 1920 y 1975, el número de presos rondaba los 110 por cada cien mil personas.
Una proporción similar a la que en la actualidad contabilizan estados más benévolos, como
Inglaterra (151) o Japón (63).
A decir de los estudiosos, lo que de verdad hace la diferencia es el hecho de que los
tribunales estadounidenses dicten, por lo común, penas de cárcel por delitos que rara vez
suponen la reclusión en los juzgados de Europa. Como por ejemplo, tratar de colar cheques
falsos o consumir drogas blandas.
“Esto no quiere decir que nadie merece ser encarcelado o que tenemos que liberar a todo
aquel que esté recluído”, ha escrito Jennifer Gonnerman en el último número de la
influyente revista Mother Jones. “Hay mucha gente tras barrotes que uno no querría tener
por vecinos, pero en nuestra hambre de justicia hemos perdido la perspectiva”.
En opinión de Gonnerman, una periodista que lleva un lustro escribiendo sobre las
consecuencias “sociales” de esta política de firmeza, en Estados Unidos se imponen
“encierros de diez años como si fueran nada, como un castigo suave, cuando en el resto
del planeta diez años se consideran sentencias extraordinariamente severas”.
Haciéndose eco de la opinión de otros especialistas, Gonnerman sostiene que la
administración usamericana tiene una especial habilidad para “convertir a los ciudadanos
en convictos, pero ha olvidado cómo transformar de nuevo a los convictos en ciudadanos”,
aludiendo al déficit de iniciativas y de presupuesto para promover, entre los reclusos,
programas de reinserción.
“Nuestras celdas están llenas de mujeres y hombres que no saben leer o escribir, que no
han terminado el bachillerato y a quienes les será muy difícil encontrar un trabajo cuando
sean puestos en libertad”, ha escrito la periodista.
Como recordaba Adam Liptak en su investigación en The New York Times, hubo un tiempo
en que la calidad del sistema penitenciario estadounidense, “modélico” para autores del
siglo XIX como Alexis de Tocqueville, atraía la curiosidad extranjera. “En ningún país se
administra la justicia con más suavidad”, anotó el francés en su celebérrimo libro La
democracia en América.
Ya ven: puro anacronismo.

Publicado en El Telégrafo.

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El ‘Senador No’

Posted in about ssel, el telégrafo, green card by ssel on July 14th, 2008

Los aspirantes a ocupar el sillón principal en el sanedrín republicano, vacante
tras la muerte hace una semana del ex senador Jesse Helms, van a tener que
aplicarse a fondo para estar a la altura de un político rocoso e intransigente
cuyos méritos resumió The New York Times señalando que muy pocos entre los
congresistas de Estados Unidos “habían hecho tanto para resistir la marea del
progreso”.
Conocido por el nulo miramiento con el que expresaba sus abrasivas opiniones,
el llamado “faro” del partido conservador yankee hizo gala durante las tres
décadas que ocupó un escaño en el Capitolio de Washington de una notable
animosidad en su cruzada “por la decencia y la pureza espiritual” de un país
particularmente generoso en personajes dogmáticos.
“Nada positivo les sucedió a Sodoma y Gomorra, por lo que es poco probable
que algo bueno le ocurra a Estados Unidos si sostiene el estilo de vida
homosexual”, argumentaba Helms en los años más oscuros de la irrupción del
sida, para expresar su rechazo a que el gobierno dedicase el dinero de los
contribuyentes a la investigación de una vacuna contra la epidemia.
Unas décadas antes, refiriéndose la Civil Rights Act que puso fin a la
segregación racial, el que fuera el gran valedor de Ronald Reagan en su
postulación hacia la Casa Blanca comentó que la histórica ley constituía “la
pieza de legislación más peligrosa” sancionada por el congreso estadounidense
desde su fundación.
Helms nació en 1921 en la pequeña localidad de Monroe (Carolina del Norte),
donde su padre ocupaba la jefatura de la policía local. Campechano y de humor
expansivo, pertenecía a una camada de norteamericanos cuya infancia arruinó
la Gran Depresión de 1929 y para quienes la existencia representaba “una lucha
constante”.
Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, este ferviente partidario del rezo
en las escuelas y reconocido lobbysta de la industria tabaquera, firme opositor
al control de armas, inició su trayectoria pública como editor periodístico.
Enseguida sus polémicos editoriales le granjearon notoriedad, llegando a ser
divulgados por 200 diarios y 70 emisoras radiales a lo largo del país.
En ellos, el hombre que terminaría siendo bautizado como ‘Senador No’ por su
habilidad para hacer política a la contra, atacaba a los hippies, los sindicatos,
los promotores del estado del bienestar, los intelectuales y, con especial acritud,
al por entonces pujante movimiento de los derechos civiles.
Su ingreso en las instituciones se produjo en 1972, al ganar fuera de pronóstico
el cargo de senador que, por más de un siglo, Carolina del Norte había confiado
a los demócratas. En su reconversión a la política profesional, Helms se
descubrió como un líder especialmente habilidoso para recaudar donaciones, lo
que le permitió convertirse en un factótum dentro del no siempre bien avenido
clan conservador. Ello, como le gustaba recordar, sin menoscabo de su
trabajada reputación de independiente.
“No vine a Washington para ser un hombre que dice sí a los presidentes, sean
demócratas o republicanos, ni tampoco para ganar una competencia de
popularidad”, alardeaba el antiguo periodista, al que se ha caracterizado como
“un dolor” para los sucesivos presidentes, que invariablemente encontraron en
él un escollo para sus proyectos legislativos.
Cultivador de una retórica populista que asociaba las “penurias” sufridas por la
clase trabajadora con los beneficios concedidos a las minorías, durante los
noventa Helms encabezó en el Senado la influyente comisión de Relaciones
Exteriores. Allí renovó sus votos de en favor de la diplomacia dura, mostrándose
proclive a mantener a los Estados Unidos fuera de cualquier organización
multilateral que, como Naciones Unidas, pudiera restarle músculo a la potencia
del Norte.
Aunque no resulta sencillo congraciarse con el carismático senador por Carolina
del Norte, un consumado enemigo de las alzas impositivas y celoso guardián de
la libertad omnímoda de las empresas, algunos detalles lo humanizan. En 1963,
tras casi un cuarto de siglo de matrimonio, el político y su mujer leyeron en el
periódico la historia de un chico discapacitado que declaraba su “sueño” de
encontrar una familia antes de Navidad.
Lo pudo cumplir en el hogar de los Helms, que decidieron adoptarlo.

Publicado en El Telégrafo.

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Netflix

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on July 7th, 2008

Hace más de un siglo, un empleado de ferrocarril de Minnesota tuvo la ocurrencia de
utilizar el servicio postal para vender a los granjeros de las comarcas más remotas de
Estados Unidos aquellos artículos imposibles de encontrar en las, por entonces,
desabastecidas depensas locales.
Con el correr de los años, la feliz idea de Richard Sears dio origen al próspero negocio de
la venta directa por correo y favoreció, en el interín, el nacimiento de una de las empresas
norteamericanas señeras durante la primera mitad del siglo XX, la Sears, Roebuck and
Company.
Valiéndose de la difusión de unos catálogos ahora legendarios, que ya en 1895
encuadernaban hasta 500 páginas, la firma de Illinois se convirtió en la opción predilecta
entre la clase trabajadora del país de Henry Ford, que lo mismo recurría a Sears para
adquirir un vestido de boda que unos aperos de labranza o una vajilla.
Pero tanto como el amplio surtido de artículos que ofertaba, en el éxito de esta empresa
pionera, que hoy cuenta con almacenes en toda la geografía yankee, pesó la reputación
de “probidad” que supo granjearse al hacer prevalecer los intereses del comprador por
encima de los corporativos. En sus años de apogeo, figuraba como política distintiva de la
casa el remitir siempre los productos anticipadamente y gratis, condicionando su cobro a
la entera satisfacción del cliente.
Ponerle las cosas fáciles a los compradores y tener fama de cumplidor conforma una
regla de oro en el breviario de bolsillo de los hombres de negocios de Estados Unidos. En
ningún otro lugar del planeta quien hace un desembolso es tan soberano como en un país
devenido en potencia mundial gracias al músculo de cíclope desarrollado a través del
voraz consumo doméstico, donde el shopping constituye un modo de vida y la salsa que
liga los demás ingredientes en la receta de la felicidad de los nativos.
El respeto a esta máxima le ha otorgado excelentes dividendos a una de las compañías
más de moda hoy en el hipercompetido mercado USA, dedicada al alquiler de películas en
dvd. Porque si una cosa distingue a la pujante Netflix, que tiene 8,2 millones de
suscriptores y que reparte entre las familias de EEUU dos millones de pelis diariamente, es
un modelo de negocio que tienta, por lo inusualmente sencillo, hasta al cliente más
puntilloso.
En el pellejo de un consumidor como el estadounidense, celoso hasta la obsesión de su
tiempo y sus energías, el modus operandi pergeñado por esta empresa fundada en 1997
solo puede calificarse de asombrosamente fácil. Todo lo que debe hacer el usuario
consiste en crear en Internet una lista con los filmes de su preferencia, que la firma
californiana le envía a su domicilio, y contratar un pago mensual fijo que comienza con
cinco dólares y que le permite recibir -en función de la tarifa plana elegida- más o menos
discos por entrega entre un surtido interminable. Hasta 100.000 títulos diferentes.
A diferencia de los videoclubes tradicionales, que imponen plazos y penalizaciones por los
retrasos, los dvds pueden retenerse indefinidamente, sin que ello acarree pagos extras. La
devolución se realiza poniendo las pelis en un sobre prefranqueado que proporciona la
propia empresa, el cual se deposita gratis en cualquier buzón de correos del territorio
nacional. Cuando Netflix recibe el sobre, envía automáticamente, en un lapso de dos días,
la siguiente película en la lista de preferencias del socio.
Como ocurrió en su momento con otras empresas innovadoras como la cadena de
cafeterías Starbucks, hacerse cliente de Netflix es una decisión que excede el mero
cálculo monetario o los típicos argumentos de conveniencia. Se trata más bien de una
decisión por la cual el consumidor se “retrata” frente a los clientes de Blockbuster, como
sucede con aquellas personas que optan por Apple frente a Microsoft, que otorga algo
parecido a un estatus y que certifica que se está “en la onda”.
Este columnista habla con sus conocidos y parecería que, más que su conformidad con el
servicio, los suscriptores de Netflix muestran algo próximo al agradecimiento o, incluso, el
fervor de fans. Una suerte de gratitud porque la compañía les ofrece, de manera ventajosa
y archifácil, lo que antes nadie les había dispensado.
Eso debe contentar en el directorio de una compañía casi tanto como una abultada cuenta
de resultados. O quizá, le gusta creer a uno en un alarde de optimismo antropológico,
debe entusiasmar aún más que las ganancias récord.

Publicado en El Telégrafo.

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La utopía de Internet

Posted in about ssel, el telégrafo, green card, internet by ssel on June 22nd, 2008

Por muy definitivas que hayan sido las desilusiones que nos ha deparado la Historia,
ninguna crisis ha conseguido quebrar la querencia humana a creer en las utopías.
Si hace algunas décadas hubo quienes vieron en la ecología el anuncio un tiempo de
redención, últimamente los heraldos de la esperanza han redibujado su atlas para resituar
esa tierra promisoria, o una variante más light, en el vertiginoso orbe de Internet.
Miradas las cosas con perspectiva, pocos programas salvíficos han prometido tanto como
la Web 2.0. Al menos en el orden del conocimiento (que es, para los entusiastas de los
bits, como lo fue para los escolásticos, el auténtico humus de la libertad).
En sus sucesivas encarnaciones, Internet ha aspirado a erigir una democracia horizontal
flechada hacia la participación constante y la recreación solidaria de la verdad, donde las
elecciones deberían ser más que nunca. (Todo ello sin censuras, al menos de entrada, y
sin más filtros que la propia tecnología).
Se podrá atender a esta visión con reserva, objetar que excluye a los millones de personas
que no pertenecen a las clases digitales, pero resultaría demasiado voluntarista negar los
avances del universo etéreo de la world wide web.
Basta con rebobinar la película para convencerse de que nunca había sido tan sencillo
tomar la iniciativa para el hombre común. De eso se jactan, hasta la complaciencia, los
nuevos libertos que se comunican vía chat sin necesidad de franquear fronteras o pedir
permisos; que compran y venden en línea sin recurrir a intermediarios comerciales; esa
generación interconectada que difunde sus propias noticias y opiniones sin esperar a que
éstas pasen por el cedazo de los mass media.
Quizá porque no podía ocurrir de otro modo, el momento álgido en la extensión del credo
cibernauta ha coincidido en Estados Unidos con la multiplicación de los reparos al
evangelio de los Gates y cía.
Aunque solo sea porque la tecnofobia constituye un acto reflejo, Internet siempre ha
tenido sus críticos. Lo extraordinario es que las objeciones se concentren ahora en rebatir
el mismo corazón del naciente utopismo. A saber: la especie de que lo virtual, al promover
la participación y una difusión no fiscalizada de las informaciones, estaría alumbrando una
versión inédita de ciudadanía.
En los últimos dos años, un par de libros con títulos elocuentes, El culto al aficionado y
Contra la máquina, han delineado con buen trazo el revés “siniestro” de la Web 2.0. En el
primero, el escritor inglés Andrew Keen argumenta que Internet, lejos de favorecer el
conocimiento, estaría propiciando la mera circulación de “observaciones superficiales”
(más tras la eclosión de los blogs).
En Contra la máquina, el crítico cultural neoyorkino Lee Siegel señala que la Red, antes
que liberar a sus usuarios, lo que hace es mantenerlos cautivos; bien identificados en sus
preferencias y gustos, de forma que sea más sencillo convertirlos luego en targets
publicitarios.
A esa corriente se ha sumado estos días Nicholas Carr desde la influyente revista
estadounidense The Atlantic, para describir las contraindicaciones que entraña el uso
intensivo de las tecnologías en los quehaceres intelectuales y el comportamiento
compulsivo que genera el abuso del mail y el messenger.
“Antes era un submarinista en el mar de las palabras”, dice Carr, quien reconoce haber
pasado buena parte de la última década on line, restando más y más tiempo a la lectura
de fuentes alternativas como los libros. “Ahora me deslizo por su superficie como un
esquiador acuático”.
“Los medios no son cauces pasivos de información”, escribe este antiguo editor de la
Harvard Business Review en un artículo titulado “¿Nos está haciendo Google más
estúpidos?”. “Ellos suministran la materia prima para el pensamiento, pero también
moldean el proceso de pensar”, razona. “Lo que parece que está haciendo la Red es
achicar mi capacidad de concentración y contemplación”.
Lo sorprendente sería que, además de arruinar nuestra capacidad de atención, el sueño
libertario de Internet acabase ahogando además la propensión humana a confiarse en las
utopías. Aunque muy probablemente, para esa pulsión, como dice el poeta sobre el
optimismo, no exista vacuna.

Publicado en El Telégrafo.

El sheriff más duro de América

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card, hispanics, washington by ssel on June 15th, 2008

Los furgones policiales para el transporte de detenidos en el condado de
Maricopa, en Arizona, llevan pintado en su carrocería un ruego para que
los ciudadanos denuncien, entre sus vecinos, a los inmigrantes sin papeles.
La llamada está escrita en un cuerpo de letra tan grande que parece del
todo improbable el pasar junto a uno de esos vehículos y no apercibirse del
mensaje. “No entres ilegalmente”, se lee en una leyenda impresa encima de
una reproducción de la clásica señal de stop.
Invitar a la delación de los irregulares de una manera tan vistosa
constituye una más entre las muchas ocurrencias del sheriff local, Joe
Arpaio, quien es conocido en Estados Unidos tanto por sus prácticas
“imaginativas” (obligar, por ejemplo, a los reclusos a vestir ropa interior
rosa; a modo de escarnio) como por su insobornable celo a la hora de
forzar el cumplimiento de la ley. Más en concreto, la migratoria.
Del ingenio de este hijo de italianos, como de la inquina con la que persigue
a los ilegales, habla la curiosa interpretación que Arpaio, conocido como
“el sheriff más duro de América”, hace de la legislación que pena el tráfico
de personas. La norma le vale al jefe policial, de cuya jurisdicción depende
un amplio territorio que limita con la frontera mexicana, como un
subterfugio para acusar a los espaldas mojadas de traficar con ellos
mismos.
Como contó recientemente un reportaje de la red de emisoras públicas
NPR que retrataba a este funcionario convertido en toda una celebridad en
su país, en su “caza al inmigrante” Arpaio acostumbra a ir más lejos que
sus colegas. Mientras que en los distritos vecinos, por poner otro ejemplo,
existe una directiva que establece que a los presos no se les debe preguntar
por su ciudadanía o su número de seguridad social, en los dominios del
sheriff de Maricopa esos datos proporcionan, por el contrario, un
efectivísimo recurso para “identificar” a quienes carecen de un permiso de
residencia.
Al igual que suele ocurrir con la mayoría de asuntos que dividen
agriamente a la opinión pública, como la tenencia de armas o el aborto, el
debate entorno a la inmigración se presta a un planteamiento maniqueo.
En vez de atacar el fondo del asunto, los debatientes, ya sean autoridades o
grupos de presión, se entretienen señalando con el dedo a los buenos y a
los malos. Hacerlo supone una estrategia más efectista; a la que se puede
sacar mucho rédito sin comprometerse.
Las maneras y la chulería de Joe Arpaio, que se ufana de no permitir el uso
del español en sus oficinas argumentando que en Estados Unidos sólo se
habla inglés, lo convierten en un personaje con todas las opciones de
triunfar en el casting para elegir al malo de la película. Pero frente a la
hipocresía general, la figura nefasta de este sheriff que ha sido objeto de
varios documentales y libros, tiene la “virtud” de hacer visible lo errada e
inconsistente que se revela la política migratoria de Washington.
La actuación del sheriff, que para más inri ocupa un cargo al que se accede
por votación popular, está amparada por la ley. Sus abusos, por más
excesivos que se antojen, son posibles porque el sistema normativo y la
justicia estadounidenses los toleran.
En algún momento Estados Unidos deberá plantearse seriamente si, como
pretenden hacer creer los grupos de defensa de los derechos humanos que
ponen en la picota a Arpaio, a la nación le preocupa la cruda circunstancia
que padecen los 13 millones de inmigrantes indocumentados que residen
dentro de sus porosas fronteras.
Esto último lo quisiera poder escribir uno a modo de pronóstico. Aunque
viendo la deriva que está tomando la política de migraciones yankee, que
cada vez empuja un poco más a los extranjeros hacia la economía
subterránea; después de comprobar la forma como cierta prensa y algunos
candidatos republicanos han demonizado a los inmigrantes durante la
campaña para la presidencia, uno ha de reconocer que antes que una
proyección lo anterior es, en realidad, una simple expresión de deseo.

Publicado en El Telégrafo.

La segunda oportunidad de Obama

Posted in US Elections 2008, about ssel, el telégrafo, green card, washington by ssel on June 9th, 2008

“Al comienzo de la interminable campaña presidencial estadounidense, cuando su vertiginoso ascenso generaba entre propios y extraños tantas adhesiones como perplejidades, Barack Obama componía un personaje escurridizo de cuyo éxito nadie era capaz de develar las razones definitivas. Casi un año después, el ahora ya único aspirante demócrata para los comicios de noviembre asoma como una figura un tanto desdibujada que, aunque conserva todavía un extraño don para seducir sin apenas proponérselo, poco a poco se asemeja menos a ese líder que parecía destinado a renovar radicalmente los usos de la política de Washington”.

La segunda oportunidad de Obama, en El Telégrafo.

 

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La eficiencia como combustible

Posted in about ssel, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on June 2nd, 2008
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El movimiento de la “simplicidad voluntaria”

Posted in about ssel, americans, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on May 25th, 2008

“En un país como Estados Unidos, donde las fiestas de guardar como el Día de Acción de Gracias se celebran con rebajas en los malls, donde el aluvión de correo comercial enviado a los hogares supera los 450 millones de toneladas anuales, en el que el consumo de agua y energía duplica el de cualquier otro lugar del planeta; un país donde para llenar el depósito del coche de moda -eso sí, con combustible verde- se necesita el grano equivalente para alimentar a una persona doce meses; en ese país de excesos y despilfarros sinfín no debería sorprender que el tanteo de ‘alternativas’ derive casi siempre hacia medidas demasiado radicales”.

Por una vida simple, en El Telégrafo.

La vía del ‘non profit’

Posted in el telégrafo, green card, newspapers, nonprofit journalism by ssel on May 11th, 2008

Poco dados a divulgar malas noticias cuando ellos las protagonizan, a
los periódicos estadounidenses no les ha quedado otro remedio que admitir la
derrota. Desplazados por la Web, confirmada como el principal difusor de
información entre las clases digitales, hace un tiempo que sus propietarios
vienen reportando menguas en sus ingresos publicitarios y, sobre todo,
asumiendo la migración de sus lectores hacia el éter cibernético.
Pero por difícil que sea la tesitura por la que atraviesan, particularmente
complicada para algunos grandes como Los Angeles Times o el Boston Globe, la
situación dista bastante de ser terminal. Como reflejan sus balances, muchas
cabeceras disfrutan todavía de márgenes de beneficios muy superiores a los de
la mayoría de las industrias (hasta un 15 y un 20%, frente al 5% con el que
opera, por ejemplo, la firma más grande del planeta, la red de supermercados
americana Wal-Mart).
Entretanto, mientras prolongan su pulseada contra un futuro agorero, el recorte
de los presupuestos y el achique de las plantillas está permitiendo salir del
brete a la mayoría de las compañías editoras. En realidad, lo que de hecho
preocupa en un país reconocido por la excelencia de su prensa, no es tanto su
viabilidad económica como el efecto colateral, menos fácil de admitir, que
acarrea esa doble receta aplicada para enfrentar la crisis.
En el último lustro, desde las páginas de revistas gremiales tan influyentes
como la Columbia Journalism Review o la American Journalism Review, algunas
voces se han mostrado concernidas ante la pérdida de calidad del periodismo
que se produce en esta época de “vacas flacas” (una mengua que han asociado
a la falta de recursos en unas redacciones cada día más diezmadas).
En paralelo, las agrupaciones de periodistas denuncian mayores presiones:
particularmente, por la injerencia de unos gerentes a los que cuesta cada vez
más cuadrar los números. De acuerdo con una encuesta del Pew Research for
the People and the Press de 2004, un 66% de los periodistas consultados
afirmaban que las presiones para lograr beneficios estaba afectando a su
trabajo.
La “devaluación” del periodismo impreso ha motivado, incluso, que se esté
cuestionando su papel. Haciéndose eco de un sentir bastante común, el escritor
Daniel Akst se ha preguntado “si las organizaciones periodísticas de hoy están a
la altura de la tarea de mantener a esa ciudadanía informada de la que
depende la democracia”.
Ante un panorama inquietante que también se cierne sobre la televisión y la
radio, la alternativa de un viraje hacia un periodismo “no comercial” ha cobrado
fuerza. Sus valedores entienden que tomar ese derrotero permitiría al sector
preservar la independencia y, al mismo tiempo, aseguraría que las tribulaciones
por los ingresos no desvíen a la prensa de su verdadero compromiso.
“El único camino para salvar el periodismo consiste en desarrollar un modelo
que encuentre sus beneficios en la verdad, la vigilancia y la responsabilidad
social”, ha escrito Philip Meyer, autor del libro The Vanishing Newspaper.
El periodismo sin ánimo de lucro no representa una práctica nueva. En Estados
Unidos, instituciones exitosas como la agencia Associated Press o el
conglomerado de emisoras de National Public Radio funcionan como tales
(también algunos diarios locales señeros como el St. Petersburg Times o el
Christian Science Monitor). Lo inédito es que se plantee el non profit como una
vía para sacar del atasco a los diarios, que por tradición han sido medios con
vocación comercial.
Quizá la propuesta más osada la ha formulado el veterano periodista Lee Smith
al plantear que las universidades ricas como Harvard o Yale, que son a su vez
entidades sin ánimo lucro, deberían salir al rescate de aquellos rotativos
considerados bastiones del periodismo de calidad comprando parte de sus
acciones. De esta forma se evitaría que los ahogos financieros llegasen a
obligar al New York Times, por poner un caso, a hacer “demasiadas”
concesiones.

(Publicado en El Telégrafo).

De vuelta a los bosques

Posted in about ssel, books, ecología, el telégrafo, environmentalism, green card by ssel on April 27th, 2008

“La constatación de que cada día más niños prefieren jugar puertas adentro, que es donde disponen de enchufes a los que conectar sus ordenadores, playstations y demás cacharerría tecnológica, llevó a Richard Louv a escribir en 2005 un penetrante libro que -imponderables editoriales- se ha convertido, sin más promoción que el boca a boca, en un éxito de ventas en Estados Unidos”.

Last child in the woods, en Green Card (ahora en versión web).

 

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Ciudadano Lessig

Posted in about ssel, americans, el telégrafo, green card by ssel on April 21st, 2008

Lawrence Lessig, el primer adelantado en la conquista de las libertades civiles de los internautas, se ha empeñado en corregir la “influencia distorsiva” que el dinero tiene en la política estadounidense. Como el solito, recluta activistas entre las clases digitales.

Sexta “green card” en El Télégrafo, en página 16.

eltelegrafo6

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El precio de la sangre

Posted in el telégrafo by ssel on April 8th, 2008

Tercera “entrega” de mi columna dominical en El Telégrafo de Ecuador. Todavía hay mucha piedra que picar antes de atacar el mármol. Al menos, uno va haciendo músculo. O quizá debería decir quemando grasa.

(página 17)

eltelegrafo4