¡Ask a Mexican!
¡Ask a Mexican!, otra entrada de hispanoamericans.
Don Charney
Cine latino
El martes arranca la novena edición del Festival de Cine Latino de Nueva York (NYILFF) con un surtido de más de un centenar de películas de ficción, cortometrajes y documentales.
La de la Gran Manzana pasa por ser la cita más importante en la cinematografía hecha por hispanics en los Estados Unidos y una privilegiada plataforma, además, para la exhibición en el país de Spielberg de filmes producidos en Latinoamérica.
Abre fuego American Son, del director Neil Abramson, una cinta que ya se ha pasado por el celebradísimo Sundance Festival de Robert Redford.
Como aperitivo, ahí va una divertida promo del NYILFF que uno supone pretende retratar a la nueva generación de hispanoamericans.
Hispanoamericans
Hoy estreno blog en la edición web de El Telégrafo: Hispanoamericans.
Su foco debería ser claro si es claro el subtítulo.
El sheriff más duro de América
Los furgones policiales para el transporte de detenidos en el condado de
Maricopa, en Arizona, llevan pintado en su carrocería un ruego para que
los ciudadanos denuncien, entre sus vecinos, a los inmigrantes sin papeles.
La llamada está escrita en un cuerpo de letra tan grande que parece del
todo improbable el pasar junto a uno de esos vehículos y no apercibirse del
mensaje. “No entres ilegalmente”, se lee en una leyenda impresa encima de
una reproducción de la clásica señal de stop.
Invitar a la delación de los irregulares de una manera tan vistosa
constituye una más entre las muchas ocurrencias del sheriff local, Joe
Arpaio, quien es conocido en Estados Unidos tanto por sus prácticas
“imaginativas” (obligar, por ejemplo, a los reclusos a vestir ropa interior
rosa; a modo de escarnio) como por su insobornable celo a la hora de
forzar el cumplimiento de la ley. Más en concreto, la migratoria.
Del ingenio de este hijo de italianos, como de la inquina con la que persigue
a los ilegales, habla la curiosa interpretación que Arpaio, conocido como
“el sheriff más duro de América”, hace de la legislación que pena el tráfico
de personas. La norma le vale al jefe policial, de cuya jurisdicción depende
un amplio territorio que limita con la frontera mexicana, como un
subterfugio para acusar a los espaldas mojadas de traficar con ellos
mismos.
Como contó recientemente un reportaje de la red de emisoras públicas
NPR que retrataba a este funcionario convertido en toda una celebridad en
su país, en su “caza al inmigrante” Arpaio acostumbra a ir más lejos que
sus colegas. Mientras que en los distritos vecinos, por poner otro ejemplo,
existe una directiva que establece que a los presos no se les debe preguntar
por su ciudadanía o su número de seguridad social, en los dominios del
sheriff de Maricopa esos datos proporcionan, por el contrario, un
efectivísimo recurso para “identificar” a quienes carecen de un permiso de
residencia.
Al igual que suele ocurrir con la mayoría de asuntos que dividen
agriamente a la opinión pública, como la tenencia de armas o el aborto, el
debate entorno a la inmigración se presta a un planteamiento maniqueo.
En vez de atacar el fondo del asunto, los debatientes, ya sean autoridades o
grupos de presión, se entretienen señalando con el dedo a los buenos y a
los malos. Hacerlo supone una estrategia más efectista; a la que se puede
sacar mucho rédito sin comprometerse.
Las maneras y la chulería de Joe Arpaio, que se ufana de no permitir el uso
del español en sus oficinas argumentando que en Estados Unidos sólo se
habla inglés, lo convierten en un personaje con todas las opciones de
triunfar en el casting para elegir al malo de la película. Pero frente a la
hipocresía general, la figura nefasta de este sheriff que ha sido objeto de
varios documentales y libros, tiene la “virtud” de hacer visible lo errada e
inconsistente que se revela la política migratoria de Washington.
La actuación del sheriff, que para más inri ocupa un cargo al que se accede
por votación popular, está amparada por la ley. Sus abusos, por más
excesivos que se antojen, son posibles porque el sistema normativo y la
justicia estadounidenses los toleran.
En algún momento Estados Unidos deberá plantearse seriamente si, como
pretenden hacer creer los grupos de defensa de los derechos humanos que
ponen en la picota a Arpaio, a la nación le preocupa la cruda circunstancia
que padecen los 13 millones de inmigrantes indocumentados que residen
dentro de sus porosas fronteras.
Esto último lo quisiera poder escribir uno a modo de pronóstico. Aunque
viendo la deriva que está tomando la política de migraciones yankee, que
cada vez empuja un poco más a los extranjeros hacia la economía
subterránea; después de comprobar la forma como cierta prensa y algunos
candidatos republicanos han demonizado a los inmigrantes durante la
campaña para la presidencia, uno ha de reconocer que antes que una
proyección lo anterior es, en realidad, una simple expresión de deseo.
Publicado en El Telégrafo.
Boston Celebrates Latino Culture
Festival Betances: ”a wonderful opportunity for Latinos to celebrate their heritage and for non-Latinos to experience the sights, sounds and tastes of Puerto Rican and Latino culture”.
Junot y Cía
“El Pulitzer a Junot Díaz ilumina el umbral de una renovación en la literatura de Estados Unidos de la mano de escritores de origen latinoamericano que escriben en inglés”, asegura el suplemento de libros de El País.
El hijo de Elvira Arellano

Su numantino encierro durante más de un año en una iglesia de Chicago,
con el que intentó sin suerte eludir una orden de deportación, convirtió a la
mexicana Elvira Arellano en una heroína para los trece millones de ilegales
que residen en los Estados Unidos.
A ese templo metodista de la capital de Illinois ha regresado hace
unos días su hijo, quien por haber nacido en territorio estadounidense y
poseer por ello la ciudadanía gringa, disfruta de la libertad de movimientos
que las autoridades de Washington negaron a su madre en 2007.
El pequeño Saúl, que al estar bajo la tutela materna se vio forzado
al exilio, dejó con su desvalida presencia un testimonio de lo caprichoso y
absurdo de una política migratoria que, además de revelarse incapaz de
contener la avalancha de sin papeles, alimenta sin atisbo de culpa un sinfín
de dramas familiares como el padecido por los Arellano.
Ante una escasa concurrencia formada por una treinta de personas
y algunas cámaras de tevé, “Saulito” se mostró tan abrumado como aquella
vez que, en 2006, acudió al Congreso de México para pedir a los
parlamentarios que intercediesen por su progenitora.
Como suele ocurrir cuando un menor protagoniza una
comparecencia pública, su aparición en Chicago tuvo inevitablemente un
algo de cosa impostada. (Más que a la timidez, la incomodidad manifiesta
del chico cabría achacarla al peso de la responsabilidad que, aunque sea
vicariamente, carga en sus espaldas este crío de nueve años).
No obstante, hasta las voces que han argüido que el niño está
siendo “utilizado” por los activistas en pro de la legalización de los
irregulares convendrán en que, al menos por unos instantes, las trémulas
palabras pronunciadas en la Iglesia de Adalberto por el hijo de Elvira
Arellano sonaron particularmente verosímiles. “Quiero ser un chico común,
pero no puedo”, dijo.
Cualquier causa, sea cuál sea la bandera que enarbola, necesita
para ganarse a la opinión pública de historias ejemplares que la encarnen.
Como sucedió en su día con el niño balsero Elián y las víctimas del
castrismo, la pelea reivindicativa de los sin papeles de los Estados Unidos
ha encontrado en la historia de Elvira y Saúl Arellano un eco poderosísimo.
Poco importa la espuma mediática que se levante a su alrededor. Al
final, ningún relato consigue develar por completo las vicisitudes de los
individuos de carne y hueso que se esconden tras aquellas otras personas
devenidas en símbolos. Sus peripecias son siempre más dolorosas y más
solitarias. Mucho más enrevesadas.
Cuando uno piensa en Saúl, le viene a la cabeza la kafkiana
situación que enfrentan en la patria de Abraham Lincoln casi dos millones
de chicos cuyos progenitores son inmigrantes ilegales. Estos chicos
disfrutan de ciertos derechos básicos como los que asisten a sus pares
norteamericanos, la educación o la salud, pero no disponen -a diferencia de
“Saulito”, un “privilegiado” al lado suyo, menuda ironía- de documentos
que prueben su identidad. Viven en un limbo jurídico.
Algún día esos chicos buscarán un empleo que les será negado por
ley. Conforme vayan cumpliendo años, la amenaza de una deportación se
volverá cada vez más acechante. Por carecer de papeles, estos parias del
siglo XXI nunca conseguirán obtener una licencia de conducir ni podrán
abrir una cuenta bancaria, nunca lograrán ingresar en la universidad…
Serán reos a perpetuidad de su destino.
Por si todo la anterior no fuese suficiente, tampoco su propio hogar
servirá de refugio para los niños sin papeles que vayan haciéndose adultos
(poco cuentan aquí el amor y las atenciones recibidas). Aunque sea por pura
lógica de supervivencia, cualquier promesa de futuro para esos críos
consistirá en afanarse por dejar atrás lo que han sido sus padres y lo que
representan.
Muchos de ellos deben estar en este preciso minuto rumiando
palabras parecidas a las de “Saulito”: Quiero ser un chico común…
Pero no es que no puedan. Simplemente no les dejan.
(Publicado en El Telégrafo).
Entretenimiento para latinos

Con alrededor de 3,4 millones de usuarios “repitientes” mensuales, batanga.com figura en el primer lugar de las web dirigidas a los latinos en Estados Unidos.
El sitio ha sido concebido, según sus promotores, como una plataforma multimedia de entretenimiento para disfrute y aprovechamiento de la “nueva generación de latinos”. Sus bazas son la difusión de contenidos más o menos estándard –música o videos– y recursos típicos de las redes sociales. Ofrecen además una sección bien surtida de imágenes de chicas ligeras de ropa.
Esto último, por cierto, muy de “tabloide” latinoamericano.
Spurring anxiety
The Pew Hispanic Center is releasing a major report that finds “a majority of Hispanics worry that they or someone close to them could be deported”.
The survey finds that “Hispanics are feeling a range of negative effects from the increased public attention and stepped up enforcement measures that have accompanied the growing national debate over illegal immigration”.
In the meantime, things like this are happening in some states like Massachusetts where immigrant communities are growing at a fast pace.
“Federal immigration agents are forging new alliances with local law enforcement agencies across Massachusetts in an effort to crack down on hard-core criminals, spurring anxiety and applause within immigrant communities”, informs The Boston Globe today.
“In some cases, the alliance is initiated by the municipalities. In other instances, it involves encouragement from the immigration agency to take advantage of its expertise. In almost all cases, the fledgling partnerships have stirred controversy about their impact on Massachusetts’ rapidly growing immigrant populations at a time when illegal immigration is a key issue in the presidential campaign”.



