La apisonadora de Internet
Disculpen el escepticismo, pero uno sigue sin creerse pronósticos como el de que el sector editorial “teme que la Red engulla al libro como está haciendo con el disco y el DVD”.
Los editores unen fuerzas frente a la apisonadora de Internet.
La utopía de Internet
Por muy definitivas que hayan sido las desilusiones que nos ha deparado la Historia,
ninguna crisis ha conseguido quebrar la querencia humana a creer en las utopías.
Si hace algunas décadas hubo quienes vieron en la ecología el anuncio un tiempo de
redención, últimamente los heraldos de la esperanza han redibujado su atlas para resituar
esa tierra promisoria, o una variante más light, en el vertiginoso orbe de Internet.
Miradas las cosas con perspectiva, pocos programas salvíficos han prometido tanto como
la Web 2.0. Al menos en el orden del conocimiento (que es, para los entusiastas de los
bits, como lo fue para los escolásticos, el auténtico humus de la libertad).
En sus sucesivas encarnaciones, Internet ha aspirado a erigir una democracia horizontal
flechada hacia la participación constante y la recreación solidaria de la verdad, donde las
elecciones deberían ser más que nunca. (Todo ello sin censuras, al menos de entrada, y
sin más filtros que la propia tecnología).
Se podrá atender a esta visión con reserva, objetar que excluye a los millones de personas
que no pertenecen a las clases digitales, pero resultaría demasiado voluntarista negar los
avances del universo etéreo de la world wide web.
Basta con rebobinar la película para convencerse de que nunca había sido tan sencillo
tomar la iniciativa para el hombre común. De eso se jactan, hasta la complaciencia, los
nuevos libertos que se comunican vía chat sin necesidad de franquear fronteras o pedir
permisos; que compran y venden en línea sin recurrir a intermediarios comerciales; esa
generación interconectada que difunde sus propias noticias y opiniones sin esperar a que
éstas pasen por el cedazo de los mass media.
Quizá porque no podía ocurrir de otro modo, el momento álgido en la extensión del credo
cibernauta ha coincidido en Estados Unidos con la multiplicación de los reparos al
evangelio de los Gates y cía.
Aunque solo sea porque la tecnofobia constituye un acto reflejo, Internet siempre ha
tenido sus críticos. Lo extraordinario es que las objeciones se concentren ahora en rebatir
el mismo corazón del naciente utopismo. A saber: la especie de que lo virtual, al promover
la participación y una difusión no fiscalizada de las informaciones, estaría alumbrando una
versión inédita de ciudadanía.
En los últimos dos años, un par de libros con títulos elocuentes, El culto al aficionado y
Contra la máquina, han delineado con buen trazo el revés “siniestro” de la Web 2.0. En el
primero, el escritor inglés Andrew Keen argumenta que Internet, lejos de favorecer el
conocimiento, estaría propiciando la mera circulación de “observaciones superficiales”
(más tras la eclosión de los blogs).
En Contra la máquina, el crítico cultural neoyorkino Lee Siegel señala que la Red, antes
que liberar a sus usuarios, lo que hace es mantenerlos cautivos; bien identificados en sus
preferencias y gustos, de forma que sea más sencillo convertirlos luego en targets
publicitarios.
A esa corriente se ha sumado estos días Nicholas Carr desde la influyente revista
estadounidense The Atlantic, para describir las contraindicaciones que entraña el uso
intensivo de las tecnologías en los quehaceres intelectuales y el comportamiento
compulsivo que genera el abuso del mail y el messenger.
“Antes era un submarinista en el mar de las palabras”, dice Carr, quien reconoce haber
pasado buena parte de la última década on line, restando más y más tiempo a la lectura
de fuentes alternativas como los libros. “Ahora me deslizo por su superficie como un
esquiador acuático”.
“Los medios no son cauces pasivos de información”, escribe este antiguo editor de la
Harvard Business Review en un artículo titulado “¿Nos está haciendo Google más
estúpidos?”. “Ellos suministran la materia prima para el pensamiento, pero también
moldean el proceso de pensar”, razona. “Lo que parece que está haciendo la Red es
achicar mi capacidad de concentración y contemplación”.
Lo sorprendente sería que, además de arruinar nuestra capacidad de atención, el sueño
libertario de Internet acabase ahogando además la propensión humana a confiarse en las
utopías. Aunque muy probablemente, para esa pulsión, como dice el poeta sobre el
optimismo, no exista vacuna.
Publicado en El Telégrafo.
¿Quién dijo que los contenidos en Internet son gratis?
Con el propósito de sumarme definitivamente a la nueva vieja escuela del “periodismo portátil“, estos días me he acercado a varios proveedores locales de Internet para averiguar cuánto sale al mes un servicio de WiFi móvil (la idea es poder conectarme desde cualquier sitio y hacer de cualquier lugar que se me antoje mi oficina). He averiguado que por una conexión decente, tienes que pagar 60 y pico dólares, más lo que sale la tarjeta wireless ad hoc. Serían 60 dólares a sumar a los 100 y pico que pago por mi paquete “indivisible” (vamos, que no lo he elegido yo) de tv por cable, teléfono fijo y WiFi que ya tengo en casa.
Todavía hay quien se cree la broma de que los contenidos que encontramos en Internet son gratis y que la gratuidad es el modelo de negocio del futuro. Bastante pagamos ya por vía “indirecta”.
